Almanaque Mexicano

LAGARTIJA

LOS BICHOS DE FRANCISCO TOLEDO
En México el vocablo « bicho » suele ser empleado en un sentido más restringido que en España. Para nosotros, por « bicho » entendemos cualquier tipo de animal. Y no es siempre forzosamente algo despectivo, tal y como el diccionario de la Real Academia lo define, pues, si se alude a un animal conocido o admirado, tiene una connotación de primeras positiva, que se colorea con la alegría o la piedad, envuelta acaso en la atmósfera de la infancia, cuando decimos « bichito », « pobre bicho », « bicho impresionante » o expresiones de este jaez. Por el contrario, al otro lado del Atlántico, la palabra « bicho » se utiliza de preferencia para aludir a los insectos y, en general, a los animales inferiores de pequeño tamaño.
En el arte, la representación de los bichos, en el sentido mexicano, no ha gozado de muy buena prensa. Conocemos pintores que se dejaron llevar por la indomable vitalidad de los caballos (Gericault) o que se sintieron cautivados por felinos de parajes tropicales ilocalizables (T.Rousseau). Dentro de nuestra tradición pictórica hispánica, es de todos conocido lo abundantes que han sido las representaciones de perros, « falderos » o de mayor tamaño, mastines o galgos, a los pies de personajes como frailes (Zurbarán), nobles (Murillo, Goya), o incluso toreros y rejoneadores (Zuloaga). Ahora bien, nos cuesta encontrar un artista que se haya ocupado expresamente de esos « bichitos » que reptan, se retuercen o vuelan por nuestro espacio vital, sin que muchas veces reparemos en ellos. ¿Son acaso inservibles ? Los autores de Blacksad, comic de fulgurante éxito, realizado por los españoles Guarnido y Díaz Canales, parecen compartir este desdén por los insectos pues a la pregunta de si pensaron crear figuras humanas de cabeza zoomorfa a modo de pez o de insecto respondieron recientemente diciendo que no, dado que no les parecían esos seres susceptibles de ser elevados a la categoría humana. Eran feos. Pese a todo, parecen sentir una compasión por esos seres cuando presentan, en el primer album de su por ahora tetralogía, un cínico personaje, de borroso rostro, que afirma a su miedoso esbirro que cuando la vida deja de ser útil, se le pincha con un alfiler y, así, se vuelve un objeto de colección. Claro está, la escena juega como una advertencia de lo que les puede pasar a todos aquellos que obstaculicen las ambiciones del personaje malo y no como un canto en favor de los insectos. Quede así, de cualquier forma, esta reflexión.
¡Qué injusta, al fin y al cabo, es esta tendencia humana, finamente analizada por Levi-Strauss a propósito del totemismo, de asemejar lo asemejable! Nos gustan, a unos, los perros, a otros, más bien los gatos, pero siempre tendemos a pensar que están provistos de aquellas virtudes (o vicios, poco importa), en pequeñas dosis, que, claro está, pertenecen única y exclusivamente al hombre. Incluso, en un sentido negativo, nadie caricaturizará a un hombre con un rostro de insecto -—porque, de entrada, ¿tienen acaso rostro dichos bichejos ?— sino con uno de cerdo, de zorro o, incluso, de víbora.
En definitiva, dichos seres parecen condenados al ostracismo y no es ninguna casualidad el hecho de que cuando se les haya otorgado una presencia en un cuadro estén acompañados de cuerpos en descomposición, como es el caso de esos dos cuadros tan impactantes e inquietates de Valdés Leal, que flanquean la entrada del Hospital de la Caridad de Sevilla. Se ven ahí cucarachas y moscas en trance de devorar las últimas « esquisiteces » (si se me permite una nota de humor negro) de un cuerpo de obispo, ya en proceso de ser simple esqueleto. Incluso en cuadros de una vanguardista como Maruja Mallo se ven raspas de pescado y restos en descomposición de animales, como si la presencia de lo pútrido, de la descompuesto, bien en su dimensión barroca, bien en su dimensión paranoico-provocadora, estuviese íntimamente asociada a los seres de múltiples patas. Es cierto que debemos a la ciencia el habernos revelado su belleza, en forma de ostentosas mariposas, de enigmáticos escarabajos o de ingrávidas libelulas. Pensemos en Maria Sibylla Meriam (fines del XVII), en Albert Seba o, más cerca de nosotros, en Celestino Mutis (s.XVIII). Sin embargo, dichas estampas se hicieron por el afán de saber y no se piensa que puedan acceder a otro protagonismo que no sea el de simples objetos de curiosidad del ser humano.
Me parece que una de las originalidades de Francisco Toledo (1940, Juchitán, Oaxaca) es la de haber captado el mundo de los bichos pequeños sin unirlos a la descomposición o a la simple deleitación erudita. Lo minúsculo adquiere un protagonismo que, además, ni es, en sentido estricto, fruto de nuestros sueños ni encuentro fortuito con su realidad insignificante. Hay que decir, de entrada, que los insectos tienen la ventaja de semejarse a figuras poco figurables, formas más o menos geométricas, de cierto capricho, que despiertan la imaginación, incluso el embeleso y, también, el fastidio. No hay que olvidar que en América, en contraste con el viejo continente, el insecto deslumbra por su tamaño y su colorido (libelulas, mariposas, etc), pero también inquieta por su peligro inaprensible (venenos, dengue, etc), y el incordio que genera (hay zonas de la costa del Pacífico en las que no se puede ir a la playa después de las cinco de la tarde a causa de los llamados « moscos » o mosquitos).
En la obra gráfica de Toledo, los insectos adoptan posturas y vuelos atropellados, casi rídiculos, adoptando formas en el límite de lo verosímil, sin ser nunca irreconocibles. Otras veces, los mosquitos (más presentes que otros insectos en sus cuadros) se enredan en unas líneas diagonales, en alguna curva, adoptando el papel de manchitas aladas o elaborando complicados zigzags con sus vuelos, contorno de nuestras contemplaciones más vacías, de nuestros pensamientos más inanes. En las acuarelas, a veces, los insectos parecen adoptar una mirada « humana », pero nunca dejan de ser lo que son : ínfimos bichejos de ondulantes alas y patas. En el « Cuaderno de los insectos » (uno de los cuadernos que Toledo ha creado junto al « Cuaderno del insomne » y el « Cuaderno de la mierda »), vemos por ejemplo un « enjambre », si podemos decirlo, de insectitos, algunos de cuyos cuerpecitos y patitas forman en algunos de ellos intangibles perfiles humanos, como si algo de la trepidante vida de los humanos se pareciese a ese revoletear estúpido y etereo de los insectos. Todo es sútil pues el « relumbrón » no lo tienen los hombres, que no aparecen casi nunca en estos cuadros, sino los insectos que parecen, a veces, « humanizarse » en un baile, que es más paródico que una simple sumisión a la analogía. Como dice David Huerta, a propósito de los « Cuadernos insomnes » de Francisco Toledo, el movimiento de estos animales « ha quedado como un signo de dinamismo cifrado ». Y añade : « es como si el dibujante percibiera en esas presencias de una diminuta mecánica una grafía desafiante ».
Es indudable que el arte de Toledo conjuga el atractivo y la hermosura de lo más telúrico y ctónico de su majestuosa tierra oaxaqueña (los variadísimos ocres de sus pinturas indican esta honda querencia por lo terráqueo, la arcilla, que, por lo demás, se aprecia en sus maravillosas cerámicas de raigambre zapoteca y mixteca) con la aventura de una modernidad, ni plenamente figurativa ni enteramente abstracta, asumida naturalmente. Seguramente se detectan en él, el influjo, entre otros, de un Rufino Tamayo, con la salvedad de que su mundo es menos metafísico y más cósmico, y no pocos encontrán paralelismos interesantes con el Barceló de su cuaderno de África.
Es en sus pasteles en donde, a mi modo de entender, Toledo muestra una mayor maestría y una mayor capacidad de sugerencia. Pienso, por ejemplo, en « Avispero » de 2007, en « Sapo y grillo recostado », de 2006, o en « Alacranes en movimiento » de 2008. En todos ellos, el gesto primitivo del primer « pastel », el de las pinturas rupestres, es recuperado y rejuvenecido en el misterio de unas presencias colóricas que fascinan por su irregular geometría y su pulular indiferente a nuestras insulsas preocupaciones diarias. En el caso del segundo cuadro, antes mencionado, el sapo gris, de contorno poco propio de un batracio, inunda la escena con su ojos totémicos en forma de lira y parece mirar más al espectador que al grillo que comienza a trepar por su lomo. Es como si el mundo hubiese sido visto a ras del suelo, en la solemnidad casi monumental, teñida de tierno afecto, que adquieren los animales en los cuentos populares. Francisco Toledo ha ilustrado, por cierto, el « Cuento del conejo y el coyote », historia zapoteca en la que un conejo se burla constantemente de un coyote exhausto y tonto, siempre incapaz de alcanzarlo. Y es que en él lo carnavalesco del mundo natural, e incluso sus aspectos más escatológicos y burlones, no están reñidos con el misterio y la poesía que emanan del encuentro de los animales con el fantasear humano.
Los bichos de Toledo son así encarnaciones terráqueas de lo evanescente, incordios elevados a categoría de presencias maravillosas, zumbeos de nuestro trajín por este mundo, por ese mundo, no tan anodino como pudiera parecer. Los bichos dejan pues de ser bestias, en un sentido etimológico, para ser metamorfosis de algo que no es ni ellos ni nosotros : vibraciones corpóreas del álito vital que nos inunda y al que somos, en general, desgraciadamente indiferentes.

(Publicado en la Revista de Crítica, Literatura y artes, Mordisco, Sevilla, n°4, 2011)